Granados, Sonora
Desde la Pirinola
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Crónicas e historias de Granados, Sonora

San Isidro Labrador: el santo que une a los agricultores alrededor del mundo

De Madrid a Granados, de Filipinas a México — cómo el mundo celebra al patrón del campo...

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Granados en la Hemeroteca

Sucesos del pueblo en periódicos de México y Estados Unidos · 1853–1959. Desde el terremoto de 1887 hasta el avión caído en 1959...

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Entre mezquites y pizarrones

La historia educativa del pueblo no empezó con un edificio escolar, sino con la obstinación de familias y maestras voluntarias...

La historia educativa de Granados no empezó con un edificio escolar, sino con la obstinación de familias, maestras voluntarias y preceptores itinerantes. Don Venancio Durazo fue su primer gran mecenas. En 1897 se estableció la primera escuela formal. En 1944 llegaron las religiosas y fundaron el Colegio María Auxiliadora — el impulso educativo más significativo en la historia del pueblo.

Cirugía a media luz

Una cirugía imposible bajo la luz de una batería de automóvil desafió todo pronóstico médico...

Una tarde, Marciano le pidió a Esteban que lo acompañara a Huásabas a ver a un joven atropellado por un camión de volteo. El médico diagnosticó que no había nada que hacer — pero los ruegos del padre lo conmovieron. Operó de noche, con la batería del automóvil como única fuente de luz, zurciendo pacientemente los intestinos destrozados. Al día siguiente, el muchacho seguía vivo. Meses después, los dos fueron vistos tomándose unas cervezas juntos.

El doctor que acarreó salud y alegría

Llegó con su maletín médico y una guitarra — y el pueblo se enamoró de él antes de que pudiera desempacar...

El doctor Marciano Velazco llegó a Granados en 1952 para su servicio social. La tarde misma de su llegada, su guitarra fue avistada por braceros en la cantina de Tío Vicente, quienes lo "contrataron" de inmediato como guitarrero. Terminó amenizando la fiesta hasta la madrugada. Médico, poeta, compositor y guitarrero — Marciano se enamoró del pueblo y el pueblo se enamoró de él. Nunca se fue del todo.

El día que en Granados corrió la sangre

Cinco personas asesinadas en cuestión de minutos, incluyendo al presidente municipal Rafael Arvizu Leyva...

La tarde del 26 de junio de 1937, el soldado Magdaleno Rodríguez y sus cómplices ejecutaron un plan para robarse el sueldo de sus compañeros y asaltar a vecinos del pueblo. En minutos asesinaron al teniente, al sargento, a un cabo, a un soldado yaqui — y al presidente municipal Rafael Arvizu Leyva, "El Chato", de un balazo en la frente. Cinco muertos en cuestión de minutos. Magdaleno nunca fue capturado.

Historia de Granados, Sonora

El terremoto que sacudió a Granados

Uno de los 10 terremotos más grandes en la historia de México sacudió el pueblo con 7.4 grados Richter...

La tarde del martes 3 de mayo de 1887, una buena parte de los entonces 400 residentes de Granados se encontraba durmiendo su tradicional siesta, cuando un fuerte rugido que parecía provenir del centro de la tierra los sacó bruscamente del letargo y espantados comenzaron a ver cómo todo a su alrededor se movía, incluyendo las paredes y los techos de sus casas.

Aterrados, empezaron a salir de sus viviendas y observaron las polvaredas que se levantaban en las casas que se colapsaban y en otras más que se caían en pedazos a su alrededor. Sin cruzar palabras, viéndose espantados a las caras unos a los otros, los granadeños coincidieron al pensar en su interior en una sola explicación: El fin del mundo había comenzado esa tarde.

El temblor que se presentó en punto de las 2:14 de la tarde del 3 de mayo de 1887 es uno de los 10 terremotos más grandes registrados hasta ahora en la historia de México, con una magnitud estimada en 7.4 grados en la escala de Richter de acuerdo con los datos históricos del Servicio Geológico de Estados Unidos.

El sismo, que tuvo su epicentro a tan solo 65 kilómetros al norte de Granados, está bien documentado a pesar de haberse registrado hace casi 133 años. Los geólogos lo conocen como el "Temblor de Sonora" o "Temblor de Bavispe", por haber sido Bavispe la comunidad más próxima y la más afectada.

De acuerdo con información del periódico Constitución que se publicaba en Hermosillo en 1887, el temblor destruyó en Granados 17 casas y dejó seriamente dañadas 64 más, pero no provocó la muerte de ninguna persona. Huásabas también sufrió fuertes daños, pero al igual que en Granados, nadie murió.

En cambio, el pueblo de Bavispe fue totalmente destruido, sus casas, sus comercios y la iglesia se colapsaron. Unas 48 personas murieron bajo los escombros y otras 58 más resultaron lesionadas, según un reporte del Departamento de Geología de la Universidad de Arizona elaborado en 1980.

La mayoría de las muertes ocurrieron cuando los pobladores de Bavispe, asustados tras sentir el temblor corrieron a la Iglesia pensando que se trataba del fin del mundo. Una fuerte réplica que se registró minutos después provocó que el techo del templo y varios de los muros les cayeran encima, matando en su interior a decenas de ellos, muchos de los cuales eran jóvenes y niños.

El temblor se sintió en ciudades tan distantes como Albuquerque, Nuevo México; El Paso, Texas; Tucson, Arizona y Mazatlán, Sinaloa. En Hermosillo, algunas casas sufrieron daños y la sacudida hizo sonar las campanas de los templos.

Semanas después del terremoto, el Servicio Geológico de Estados Unidos comisionó al doctor George Goodfellow, un médico de Tombstone, Arizona, para que se dirigiera al sur junto con el fotógrafo Camillus S. "Buck" Fly, a fin de que buscaran el epicentro y documentaran el fenómeno geológico. El fotógrafo Fly tomó las primeras fotografías conocidas en el mundo de la ruptura de un terremoto.

El terremoto dejó una muestra visible: una ruptura en la superficie de la tierra que consta de tres segmentos con una longitud combinada de 101.8 km. La ruptura es hasta la actualidad la falla más larga registrada por un terremoto en tiempos históricos.

Entre 1887 y 1999 fueron inscritos en catálogos, archivos e informes de periódicos unos 64 movimientos telúricos en el noroeste de Sonora. La relativamente alta sismicidad en la zona motivó a que a principios de los 1900s algunos residentes de Granados tomaran precauciones — entre ellas construir tejabannes en el patio, cuartos aislados con techo liviano para dormir seguros en caso de un nuevo sismo nocturno.

Una visita a la Hacienda de La Cruz en 1901

El ingeniero Morris B. Parker visitó la hacienda de Don Venancio Durazo Moreno...

Morris B. Parker tenía 29 años cuando conoció a Don Venancio Durazo Moreno en la primavera de 1901, luego de que tras intercambiar varias cartas el acaudalado granadeño invitara al joven estadounidense, ingeniero en minas, a visitarlo en La Hacienda de La Cruz, convertida entonces en una impresionante unidad de producción agrícola, minera y ganadera.

La visita causó tal impresión en Parker que habría de recordarla vívidamente décadas después, al dictar sus memorias en las que narra sus experiencias a lo largo de 37 años como ingeniero de minas en los campos de Sonora y Chihuahua. Sus memorias dieron pie en 1957 al libro Mules, Mines, and Me in México, 1895–1932, donde le dedica todo un capítulo a la visita que hizo a La Cruz, bajo el título de "Hacienda Durazo".

La figura de Don Venancio lo impresionó profundamente. Lo describe como: "Un hombre cuyos rasgos son heredados de sus antepasados. Un aristócrata del viejo mundo de nobleza española, derecho como un riel, de seis pies de altura, con una larga barba gris de tres años de antigüedad." Parker pinta a Don Venancio como "un espécimen casi perfecto de un patriarca bíblico".

"Situada a una milla al oeste del río, en una loma, la sede de la hacienda era una estructura de adobe en la forma habitual de un cuadrado", relata Parker. "Cada mañana al comienzo del amanecer, Don Venancio subiría una escalera a su puesto de observación en el techo, vestido con un abrigo de capa larga, su sombrero puntiagudo de ala ancha. Solo; rígidamente erguido, casi sin movimiento, permanecía como una estatua, mirando hacia el este. Durante una hora o más observaba a los trabajadores que se dirigían a los campos, a los vaqueros, a las ovejas comenzando a pastear."

Parker describe el ingenio azucarero, la curtiduría, la fábrica de cigarrillos atendida por jóvenes sirvientas, y el beneficio de metales donde se procesaba el mineral de la mina El Carmen. También recuerda el momento en que Don Venancio, que nunca había visto un limón amarillo, recogió con entusiasmo las semillas que los visitantes desecharon para intentar cultivarlos en la hacienda, agradeciéndoles como si fuera "el regalo de un reloj de oro".

La velada más memorable fue cuando el hijo mayor de Don Venancio, recién llegado de la Ciudad de México, trajo un gramófono — uno de los primeros de su tipo. "El viejo caballero era como un niño con su primera bicicleta, sonriendo y dando vueltas", escribió Parker. La música congregó a toda la gente del pueblo y los alrededores hasta las tres de la mañana, con botellas de coñac y tequila circulando en vasos de plata maciza.

"Su influencia y riqueza eran tan inmensas que él mismo no sabía ni se daba cuenta de lo grandiosas que eran", aseguró Parker de Don Venancio. "La hacienda era una monarquía independiente, casi completamente autosuficiente."

Historia de una extensa familia

Los orígenes del apellido Durazo — desde Giorgio Durazzo en 1389 hasta la fundación de Granados en 1823. Una presentación completa de 87 diapositivas sobre las raíces de las familias fundadoras del pueblo.

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Entre mezquites y pizarrones · Parte I

La historia educativa del pueblo no empezó con un edificio escolar...

La historia educativa del pueblo no empezó con un edificio escolar, sino con la obstinación de familias, maestras voluntarias y preceptores itinerantes. En 1823, México recién estrenaba su vida como país independiente y más del 99 por ciento de los mexicanos era analfabeta. Los padres instruían a sus hijos bajo los mezquites, y la idea de una escuela formal era un sueño remoto.

La primera referencia documentada sobre instrucción escolar en la región es un informe del prefecto del Distrito de Moctezuma fechado en 1859, que registró la existencia de dos escuelas rudimentarias: una para niños, atendida por un maestro "legitimado por buena conducta y aptitud", y otra para niñas, a cargo de una maestra que sabía "leer, rezar y contar". No eran escuelas en el sentido moderno, sino aulas improvisadas en casas prestadas.

El primer gran promotor de la educación en el pueblo fue Don Venancio Durazo Moreno (1844–1934), quien se convirtió en mecenas de la instrucción cuando el Estado no podía serlo. Mandó a sus hermanos menores a estudiar a un colegio de Culiacán — los primeros granadeños en salir del pueblo para estudiar, alrededor de los 1870s. Tras regresar, su hermano Manuel María instaló en una habitación de la casa familiar lo que pasaría a conocerse como "Escuela Centenario", donde preceptores improvisados enseñaban a leer, escribir y nociones de aritmética.

Fue así como en 1897 surge la primera escuela formal del pueblo. El 24 de octubre de ese año, el periódico El Progreso publicado en Altar, Sonora, anunció: "Se establece una nueva escuela primaria en Granados." La escuela fue parte de un esfuerzo provincial por expandir la instrucción primaria durante el Porfiriato: el estado enviaba y pagaba al maestro, mientras la comunidad — especialmente Don Venancio — dotaba el aula.

Una joven maestra voluntaria, María de los Ángeles Durazo, alfabetizó a una generación entera. Enseñaba con cartillas y pizarrones de carbón, y con el rosario escondido bajo el delantal, porque la ley laica del Porfiriato prohibía las enseñanzas religiosas. Sin salario, sin reconocimiento oficial, pero con mucha fe en lo que la instrucción proporcionaba.

La educación formal se interrumpió al estallar la Revolución en noviembre de 1910. Se reactiva en 1934 bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas, cuando se envían maestros a implementar la educación socialista — propuesta que en Granados se topó con fuerte rechazo, motivando en parte la breve sublevación cristera en la sierra sonorense.

El Milagro Educativo. En el verano de 1944 llega el impulso más significativo en la historia educativa del pueblo: cinco religiosas de la Congregación de Misioneras Hijas de la Purísima Virgen María llegaron el 25 de julio para fundar un colegio. A la cabeza venía la hermana Teresa Durazo Arvizu, nieta de Don Venancio, que regresaba a su tierra para dirigir el colegio que llevaría el nombre de María Auxiliadora.

El 10 de septiembre de 1944 se abrió la matrícula: 43 niñas y algunos niños, con apenas unos bancos como mobiliario. Las primeras aulas fueron una habitación en la vieja casa de Don Venancio y otra en la casa de Rafael Trujillo. Las hermanas lanzaron también representaciones teatrales, festivales, declamaciones y cantos, insertando un fuerte impulso cultural en la comunidad.

El Colegio María Auxiliadora comenzó a construirse en junio de 1945 con aportaciones del pueblo y decenas de voluntarios como mano de obra. Ofreció preescolar, primaria y comercio a lo largo de las siguientes tres décadas, hasta que en 1975 se abrió la secundaria. Las religiosas realizaron desde 1944 hasta 1987 no solo una labor educativa, sino que sembraron también una ética moral que vino a fermentar la espiritualidad de la comunidad.

Crónicas de Granados

El día que en Granados corrió la sangre

Cinco personas asesinadas en minutos...

En junio de 1937 habían transcurrido ya casi dos años del levantamiento cristero que situara brevemente a Granados en el centro de la atención nacional. Los granadeños vivían en relativa calma. La única huella visible de la asonada de octubre de 1935 era el cuartel habilitado para albergar a una docena de soldados enviados a evitar que se repitiera otro acontecimiento similar.

Fue entonces cuando, bajo esa relativa calma, ocurrió el día más aciago registrado hasta ahora en la historia del pueblo: cinco personas asesinadas en cuestión de minutos, incluyendo al presidente municipal Rafael Arvizu Leyva, conocido como "El Chato".

Los hechos se registraron la tarde del sábado 26 de junio de 1937. Ese día, los soldados esperaban recibir su sueldo. Uno de los militares, Magdaleno Rodríguez, había planeado junto con al menos tres compañeros aprovechar la ocasión para robarse el pago del resto y asaltar también a hombres del pueblo a quienes sabía que podían tener dinero.

De acuerdo con la costumbrista sonorense Antonia Rascón de Navarro, autora del libro Memorias de mi Pueblo, Magdaleno era un hombre "chaparrito" originario de Jalisco que había acumulado un profundo resentimiento por las constantes burlas de sus compañeros debido a su corta estatura. El propio Arvizu Leyva, el presidente municipal, era su amigo — y cada vez que lo veía "le llamaba taponcito y hasta lo levantaba de la cintura, como si fuese un niño".

La tarde del robo, Magdaleno y sus cómplices quitaron los cerrojos a todos los rifles del cuartel y procedieron a robarse el sueldo de sus compañeros. Dieron muerte de un balazo en la frente al teniente Marcos Quijano Flores; mataron también al sargento Luis Chávez Gómez cuando intentaba saltar una tapia, y asesinaron además al cabo Guillermo Martínez Hernández y al soldado de origen yaqui José León.

El Chato Arvizu, al escuchar la conmoción, acudió rápidamente al cuartel. Al toparse con Magdaleno, el soldado le pidió que entregara su arma. El presidente municipal sacó la pistola de un cajón, pero por la forma en que tomó el arma para entregarla, Magdaleno se sintió amenazado y disparó sin mediar palabra. La bala dio en la frente del presidente municipal, provocándole muerte instantánea.

Dos cómplices recorrieron las calles convocando a varios hombres a la presidencia para despojarlos de dinero, provisiones y caballos. Ángel Trujillo tuvo la avispada idea de enviar un jinete a Bacadéhuachi a dar aviso — y cuando los asaltantes llegaron a ese pueblo, los hombres ya los estaban esperando con los rifles listos. Magdaleno optó por huir hacia la Sierra Madre.

Rascón Navarro asegura que casi 50 años después de los hechos, Magdaleno fue visto "cara a cara" en Hermosillo por el padre de la escritora, "con quien estuvo platicando largo rato", sin que el ex soldado supiera que su interlocutor conocía toda la historia. Nunca fue detenido ni juzgado por los crímenes.

El doctor que acarreó salud y alegría

Llegó con su maletín médico y una guitarra...

El día que el doctor Marciano Velazco Calvillo llegó a Granados para cumplir su servicio social, no podía imaginar lo que el destino le tenía preparado. Marciano llegó una tarde del verano de 1952 a bordo de la camioneta del Correo, que además de cartas y paquetes transportaba también a los viajeros. Desde Hermosillo a Granados, el viaje solía tomar unas 10 horas por caminos de terracería.

El médico, originario de Ciudad Guzmán, Jalisco, nunca había estado en el pueblo y no conocía a nadie. Su padre, antes de partir, le regaló un par de férreas pistolas para su protección, al no saber con qué podría toparse en ese aislado lugar. Sin embargo, muy lejos de esos temores, Marciano se enamoró del pueblo casi de inmediato — incluso antes de desempacar sus maletas.

La tarde de su llegada, la cantina de Tío Vicente se encontraba atiborrada de jóvenes granadeños recién llegados de la "bracereada" en California, contentos de estar de vuelta y con los bolsillos llenos. Cuando la camioneta del Correo se paró frente a la casa de Tía María, varios se asomaron a ver quién llegaba. En el equipaje del doctor sobresalía una guitarra, detalle que no pasó desapercibido.

Una hora después, los braceros mandaron a dos compañeros a contratar al "presunto guitarrero". Tía María salió a recibirlos: "No mijitos, están muy equivocados. No es ningún guitarrero. Es el nuevo doctor que acaba de llegar." — "Bueno, pues… pero trae una guitarra. Dígale que salga." Marciano, a quien le gustaba la bohemia, fue rápidamente convencido de cruzar la calle con su guitarra.

Comenzó a tocar y cantar, y también a consumir las cervezas que se le ofrecían de manera gratuita a cambio de su música. La juerga se prolongó hasta bien entrada la noche, con los jóvenes cantando a coro canción tras canción. Fue así como a pocas horas de su llegada, Marciano empezó a forjar amistades que le durarían toda la vida.

Con el tiempo, Marciano formó un trío junto con Rafael Provencio y el entonces seminarista Joaquín Moreno. El trío amenizó decenas de serenatas — a tal grado que esas correrías por poco provocan que el seminarista Joaquín fuera expulsado del seminario por "andar de guitarrero". Afortunadamente no ocurrió, y esa vocación floreció en quien conocemos como el Padre Joaquín.

Al concluir su servicio social, Marciano regresó a Guadalajara a recibir su título. Su tesis, guardada en los archivos de la Universidad de Guadalajara, está dedicada a los residentes de Granados. Luego regresó presuroso: el pueblo lo había seducido. Se casó con María Bayón, una granadeña, y vivió muchos años en el pueblo hasta que sus cuatro hijos crecieron y tuvo que emigrar a Hermosillo para que pudieran estudiar.

Décadas de jóvenes médicos han pasado por Granados cumpliendo su servicio social. Muchos son recordados con cariño, pero pocos han dejado una huella tan profunda como el doctor Marciano Velazco — médico, guitarrista, poeta y compositor, considerado un hombre culto y humanista que le daba tanto al deporte como a la bohemia.

Cirugía a media luz

Una cirugía imposible, iluminada por la batería de un automóvil...

En el Granados de la década de los 50s, Esteban Trujillo Moreno era un joven inquieto cuya pasión se centraba en los autos y en conducirlos de un pueblo a otro. Sirvió de chofer al padre Luis Barceló y al joven doctor Marciano Velazco, quien había llegado sin automóvil ni saber conducir. Marciano y Esteban se hicieron pronto amigos.

Una tarde, Marciano le pidió a Esteban que lo acompañara urgentemente a Huásabas: un joven había sido atropellado por un "dompe" y necesitaba auxilio médico. El muchacho, trabajador en la reparación de caminos, se había caído de un camión de volteo y una de las ruedas le había pasado por encima, abriéndole el abdomen con parte de los intestinos afuera.

Cuando el doctor llegó y quitó las improvisadas vendas para observar los estragos, se dio cuenta de inmediato que no había nada que hacer. Le informó al padre del joven con su característico estilo directo: su hijo moriría a consecuencia del accidente. El padre, desesperado, suplicó que intentara algo. Marciano, conmovido, decidió darle consuelo e intentar lo que se pudiera — convencido de que sus esfuerzos no fructificarían.

El accidente había ocurrido alrededor de las cuatro de la tarde y para cuando el médico inició su labor ya comenzaba a oscurecer. Las lámparas de petróleo de la humilde vivienda no brindaban la iluminación necesaria. Esteban recordó que en el carro el doctor portaba una lámpara que se conectaba a la batería del vehículo. Los cables no alcanzaban para llegar al interior de la casa, así que entre dos personas desmontaron la pesada batería y la metieron al cuarto.

Marciano se entusiasmó cuando se encendió la lámpara y reactivó su labor con más empeño. Pacientemente limpió los intestinos con alcohol y minuciosamente fue zurciendo cada parte rota. En el proceso, el médico a veces tenía que desplegar el intestino, lo que horrorizaba a Esteban, que sostenía el foco y volteaba la cabeza para no ver — haciendo que la lámpara girara y dejara a oscuras el abdomen del muchacho.

"¡No seas bizcocho, Esteban!" le gritaba Marciano.

Después de varias horas, el médico concluyó su labor y cosió la herida. En el automóvil, con la tristeza reflejada en su rostro, Marciano le dijo a Esteban: "Mañana venimos… al entierro."

A media mañana del día siguiente, fueron a Huásabas. El padre del muchacho les salió al paso con una sonrisa: "Pasó la noche y está vivo." Marciano, sorprendido, se lanzó a cambiar vendas y realizar una nueva limpieza. El muchacho poco a poco se recuperó y superó el trance. Cuatro o cinco meses después, durante las fiestas de Huásabas, el joven y Marciano fueron vistos tomándose unas cervezas juntos.

Antes de escribir esta anécdota, el autor consultó a una profesional de la medicina, quien aseguró que el diagnóstico inicial de Marciano era correcto: no había nada que hacer, y lo que sucedió no tiene explicación alguna más allá de un verdadero milagro. Quizás el médico realizó su paciente trabajo acompañándolo de una permanente oración.

Los sequieros granadeños: la hombría forjada en el zoquete

En Granados hubo un tiempo en que la hombría se medía con pala en mano, hundido hasta las rodillas en lodo, bajo un sol de 45 grados, limpiando las acequias que daban vida a las milpas...

En Granados hubo un tiempo en que la hombría se medía con pala en mano, hundido hasta las rodillas en lodo, bajo un sol de 45 grados, limpiando las acequias que daban vida a las milpas. Era un trabajo duro y agotador que ponía a prueba el cuerpo y el carácter.

Desde los años treinta, las cuatro acequias del pueblo eran el corazón del riego, el motor de la vida agrícola. No estaban forradas de cemento: eran canales de tierra, abiertos, donde el agua se abría camino. Poco a poco, las acequias acumulaban lodo, hierbas, raíces y otros obstáculos que dificultaban el flujo del agua — y era necesario abrirle camino.

Por eso, dos veces al año — en febrero y en agosto — los jóvenes del pueblo se convertían en sequieros, los encargados de limpiar los canales y asegurar que las milpas recibieran riego. No era un oficio cualquiera. Para muchos adolescentes de 18 en adelante, era el paso obligado hacia la adultez. Se les pagaba lo mínimo, pero lo que realmente se ganaba era otra cosa: el respeto del pueblo y el derecho tácito de ser considerado "hombre".

La limpieza de las acequias era responsabilidad de los propietarios de tierra, organizados en una unión o asamblea de usuarios de los canales de riego. Generalmente, cada propietario tenía la obligación de pagar una o más "palas" según su extensión de tierra. Se formaban cuadrillas de 15 o 20 trabajadores bajo la coordinación de un "comisario". Dos de los más recordados comisarios de agua son El Bulikis y Pedro Elías.

Hoy, cuando las acequias están cubiertas de cemento y el agua corre sin obstáculos, es fácil olvidar lo que costaba mantener abierto ese camino. Pero los sequieros de Granados dejaron más que zanjas limpias: dejaron un ejemplo. Mostraron que la hombría, en aquel tiempo, se ganaba con sudor, resistencia y solidaridad.

Travesura de jóvenes granadeños en el ejército de EUA en el Día de Acción de Gracias

En noviembre de 1959, dos inquietos jóvenes granadeños coincidieron a ambos lados de la frontera. Uno en el ejército. El otro, con hambre atrasada y sin uniforme...

En noviembre de 1959, dos inquietos jóvenes granadeños, de los primeros que buscaron su desarrollo profesional fuera de su pueblo natal, coincidieron por unos meses en el mismo lugar. Uno estaba en El Paso, Texas, y el otro muy cerca, en el lado mexicano de la frontera, en Ciudad Juárez, Chihuahua.

Esteban Trujillo Moreno, quien entonces contaba con unos 25 años, se había enlistado en el Ejército de Estados Unidos a principios de ese año y, para noviembre de 1959, llevaba apenas unas semanas en Fort Bliss, una instalación militar en El Paso. Por su parte, su primo hermano, Sergio Isidro Durazo Trujillo — un poco menor que él, padre del famoso beisbolista Erubiel Durazo — estaba en Ciudad Juárez, estudiando agronomía en la Escuela Superior de Agricultura Hermanos Escobar.

A finales de noviembre, Esteban fue invitado a la cena tradicional del Día de Acción de Gracias que los mandos superiores ofrecían anualmente a los soldados de Fort Bliss. Desconociendo el protocolo — era su primera vez — se le ocurrió invitar a su primo Chiro a cruzar la frontera y asistir juntos.

Pronto Esteban se enteró de que la cena era un evento formal: solo podían asistir militares debidamente uniformados. Pero al llegar Chiro y ser informado de la situación, surgió una idea inesperada: el uniforme de un compañero ausente, guardado en un locker sin candado.

Primero se probó el saco. ¡Perfecto! Parecía hecho a medida. Después, el pantalón, la camisa, la corbata, la gorra y hasta los zapatos. Ya vestidos de gala, los dos marcharon hacia el salón. Nadie sospechó. Una vez dentro, Chiro se lanzó a la comida como si estuviera en un buffet de boda. Pavo, puré de papas, salsa de arándanos... todo le sabía a gloria.

Al final del evento, devolvieron el uniforme al locker del soldado, dejando todo en su lugar. La travesura quedó registrada como una anécdota memorable de dos granadeños que, a ambos lados de la frontera, supieron sacarle jugo a la vida.

Los personajes de Granados

De la Pirinola al mundo: Abraham Durazo Moreno, el granadeño que cuida el sonido de Carín León

Abraham Durazo Moreno, 26 años, granadeño criado al pie del cerro emblemático, hoy forma parte del equipo técnico de Carín León en su gira internacional "De Sonora Para el Mundo".

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Don Venancio Durazo Moreno

El hombre que definió a Granados durante décadas...

Venancio Durazo Moreno (30 de octubre de 1844 – 10 de agosto de 1934) fue el hombre que definió a Granados durante décadas. Líder natural del pueblo, mecenas de la educación y patriarca de una familia que marcaría para siempre la historia de la comunidad.

El ingeniero estadounidense Morris B. Parker, quien lo visitó en La Hacienda de La Cruz en 1901, lo describió como "un espécimen casi perfecto de un patriarca bíblico" — un aristócrata del viejo mundo, derecho como un riel, de seis pies de altura, con una larga barba gris. "El Señor y Maestro de más allá de lo que él podía divisar desde el segundo piso de su casa."

Cada mañana al amanecer, Don Venancio subía a su puesto de observación en el techo de la hacienda — envuelto en una capa larga, su sombrero puntiagudo de ala ancha — y durante una hora o más observaba en silencio a los trabajadores en los campos, los vaqueros, el ganado, las ovejas. Nada escapaba a su observación.

Fue siempre un fervoroso creyente en el valor de la educación. Mandó a sus hermanos menores a estudiar a Culiacán — los primeros granadeños en salir del pueblo para estudiar. Gestionó ante las autoridades estatales la creación de la primera escuela formal del pueblo en 1897. Dejó el pueblo en febrero de 1911, cuando la Revolución obligó a su extensa familia a refugiarse en Douglas, Arizona. Vivió hasta los 89 años.

El Doctor Marciano Velazco Calvillo

Médico, guitarrista, poeta y compositor...

El doctor Marciano Velazco Calvillo llegó a Granados en el verano de 1952 para cumplir su servicio social, originario de Ciudad Guzmán, Jalisco, recién egresado de la Universidad de Guadalajara. No conocía a nadie en el pueblo. Su tesis, dedicada a los residentes de Granados, reposa en los archivos de aquella universidad.

Médico, guitarrista, poeta y compositor — Marciano era todo eso. La tarde misma de su llegada, con su guitarra entre el equipaje, terminó amenizando la cantina de Tío Vicente llena de braceros recién llegados de California. Esa primera noche forjó amistades que le durarían para el resto de su vida.

Con el tiempo formó un trío junto con Rafael Provencio y el seminarista Joaquín Moreno, amenizando decenas de serenatas por el pueblo. Sus dotes como médico también se hicieron legendarias: realizó una cirugía extraordinaria en Huásabas, a la luz de la batería de un automóvil, que salvó una vida que él mismo había dado por perdida. Es considerado una de las figuras más queridas en la historia de Granados.

El padre jesuita Manuel Piñan

Un jesuita español que recorrió a caballo los pueblos del río Bavispe...

En marzo de 1900, el Obispo de Sonora encomendó al padre jesuita Manuel Piñan, de 62 años y origen español, realizar una visita pastoral a los curatos de Moctezuma y Huásabas. Piñan invirtió unos 50 días en el viaje, recorriendo varios pueblos a lo largo del Río Bavispe a lomo de caballo.

Al término de la visita escribió un detallado informe titulado "Piedad y Poligamía a lo largo del Bavispe", ahora un valioso documento que permite echar un vistazo a cómo se vivía en esos pueblos hace más de 120 años.

Sobre Granados, Piñan escribió: "Es quizás el pueblo más religioso de Sonora, establecido hace apenas unos 60 años. Uno raramente escucha un apellido que no sea Barceló, Durazo o Moreno. En toda la Diócesis, es este el pueblo el que más número de sacerdotes ha provisto a la Santa Iglesia."

Piñan fue un jesuita que realizó diversas encomiendas por Sonora y Chihuahua entre 1897 y 1917, año en que se retiró a El Paso, Texas, donde murió un año después. Su informe sobre Granados dejó un retrato invaluable de la comunidad a principios del siglo XX.

José María Romero Moreno: El héroe olvidado de Granados

Pocos granadeños saben que uno de los héroes más silenciosos de la historia ferroviaria de México nació en nuestro propio pueblo...

Se llamaba José María Inocencio Romero Moreno. Nació en 1889 en Granados, y su destino lo llevó a vivir uno de los actos de mayor heroísmo en la historia moderna de Sonora: cuando su ayuda fue vital para salvar a Nacozari de la destrucción total el 7 de noviembre de 1907.

Romero, que ese día tenía 18 años de edad, era fogonero del tren conducido por Jesús García Corona, el célebre "Héroe de Nacozari". Fue él quien mantuvo viva la caldera de la locomotora número 2 cuando el convoy que transportaba dinamita comenzó a arder frente a la estación del pueblo. Sin el vapor que él generó, la locomotora nunca habría podido tomar velocidad y alejarse del pueblo.

José María sobrevivió — a diferencia de Jesús García — pero su nombre quedó relegado al olvido. Continuó su carrera en el ferrocarril sin ascensos ni reconocimientos. El 10 de abril de 1937, a los 48 años, falleció en un accidente ferroviario en Ciudad Obregón. Sus restos descansan en el panteón de Empalme bajo una lápida que lo identifica como "el fogonero de Jesús García el día de la tragedia el 7 de noviembre de 1907." En Granados, casi nadie sabe que este hombre nació entre sus calles.

Fe, iglesia y tradición en Granados

Nuestra Rústica Armonía

El canto himno que cada año entonamos con fervor para honrar a San Isidro Labrador tiene su origen en la Argentina...

San Isidro Labrador · Granados

"Nuestra Rústica Armonía", el canto himno que cada 14 y 15 de mayo los granadeños entonamos con fervor para honrar a San Isidro Labrador, tiene su origen a miles de kilómetros al sur del pueblo, en la Argentina.

Las raíces de nuestra Rústica se ubican en los "Gozos a Nuestra Señora de Luján como Protectora de los Labradores", un canto incluido en el Manual del Devoto de Nuestra Señora de Luján, editado en Buenos Aires en 1889 por Jorge María Salvaire, un sacerdote franco-español y ferviente promotor de la devoción a la Virgen de Luján en Argentina.

Llama la atención cómo este canto fue adaptado a miles de kilómetros de distancia por los residentes de la pequeña comunidad de Granados para honrar a San Isidro Labrador, patrón de los agricultores. Es probable que alguno de los sacerdotes granadeños de entonces, formados en seminarios donde se conocía esta obra, adoptaron el texto como parte del repertorio litúrgico.

Un verso en particular sugiere la época de la adaptación: "Cuando en la tarde serena / a nuestra choza volvemos / amapolas recogemos / para poner en tu altar." Ese párrafo hace sospechar que la adaptación granadeña ocurrió entre la década de los 1920s y la de los 1940s, pues en esos años la bella flor de la amapola se cultivaba ampliamente en los jardines del pueblo.

"Nuestra Rústica Armonía" no es solo un canto religioso — es una manifestación de la identidad y la historia de Granados. Su entonación durante las festividades de San Isidro Labrador simboliza la continuidad de las tradiciones y la unión de la comunidad en torno a su fe y sus raíces.

Gozos a Nuestra Señora de Luján — Versión original, Argentina 1889

Nuestra rústica armonía / Por Ti en los campos resuena: / Tú eres Madre dulce y buena / Escúchanos ¡oh María!

Cuando aparece la aurora / Luz vertiendo en las campañas, / En nuestras pobres cabañas / Oramos ante tu altar. / Y emprendemos el trabajo / Con la esperanza segura / De que tu mirada pura / Siempre nos ha de alumbrar.

Si en los surcos arrojamos / La semilla, bien sabemos / Que en tu Hijo Padre tenemos / Que la hará fructificar. / Él que a los lirios del prado / Concede bello ropaje / Y a las aves su plumaje / No puede al hombre olvidar.

Cuando en la tarde serena / A nuestra choza volvemos / Bellas flores recogemos / Para poner en tu altar. / Y con la esposa querida / Y los hijos cariñosos, / A Ti cantos amorosos / Comenzamos a entonar.

¡Oh María! Madre tierna / De aquel Labrador divino / Que a la humilde tierra vino / A sembrar fe con afán! / Haz que en el tremendo día / En que sus mieses coseche / Nuestras almas no deseche, / Virgen Reina de Luján.

Nuestra Rústica Armonía — Versión de Granados

Nuestra rústica armonía / Por Ti en los campos resuena: / Tú eres Padre dulce y bueno / Óyenos Santo Querido

Cuando aparece la aurora / Por encima de las montañas. / En nuestras pobres cabañas / Oramos ante tu altar, / Y emprendemos el trabajo / Con la esperanza segura / De que tu mirada pura / Siempre nos ha de alumbrar.

Si en los surcos arrojamos / La semilla, bien sabemos / Que en ti un buen padre tenemos / Que la hará fructificar. / Él que a los lirios del prado / Concede bello ropaje / Y a las aves su plumaje / No puede al hombre olvidar.

Cuando en la tarde serena / A nuestra choza volvemos / Amapolas recogemos / Para poner en tu altar. / Y con la esposa querida / Y los hijos cariñosos, / Nuestros cantos amorosos / Aquí vamos a entonar.

¡Oh Señor San Isidro / Oh padre tierno y divino / Que a esta humilde tierra vino / Sus virtudes a sembrar! / Haz que en el tremendo día / cuando sus mieses coseche / Nuestras almas no deseche, / Para ir al cielo a gozar.

El día que Granados encendió su fe

Lo que comenzó como la llegada jubilosa del joven sacerdote Juan Crisóstomo Barceló terminó detonando el episodio más trascendente en la historia del pueblo...

El 28 de septiembre de 1935, Granados vivió un día de fiesta que, en cuestión de horas, se volvió incendio. Lo que comenzó como la llegada jubilosa del joven sacerdote Juan Crisóstomo Barceló Monge —recién ordenado en la clandestinidad por el obispo Juan Navarrete en Los Ciriales— terminó detonando el episodio más trascendente de su historia: decenas de granadeños tomaron las armas para defender su libertad religiosa.

Juan Barceló había bajado a su pueblo para celebrar ahí su primera misa, en desafío a las autoridades y ante el júbilo de casi todos los granadeños, que tenían mucho tiempo sin poder asistir a un servicio religioso. El profesor Ángel Encinas Blanco anota que la llegada causó "alborozo en el pueblo", lo que no pasó desapercibido por el maestro Abraham Gómez, uno de los maestros rurales despachados por el gobernador Rodolfo Elías Calles en su campaña "desfanatizadora".

Para el alcalde Moreno, la exigencia de arrestar al joven sacerdote fue una "papa caliente". Cedió y encarcela al sacerdote, cuya detención se difundió velozmente. Decenas de granadeños se congregaron y en tumulto asaltaron la presidencia municipal y liberaron al presbítero.

Tras liberar al cura, los granadeños fueron en bola a buscar al maestro Gómez. La furiosa multitud lo agredió gravemente; Gómez fue trasladado en estado grave a un hospital en Agua Prieta, donde tardó en recuperarse y nunca más volvió al pueblo.

Tras los hechos, la guerrilla de Ibarra creció rápidamente al sumársele decenas de hombres de Granados, Huásabas, Oputo y otros pueblos. El 13 de octubre, en un sitio conocido como "Agua Fría", se dio un enfrentamiento con el ejército que se prolongó por varias horas. Los cristeros se dispersaron, muchos refugiándose en ranchos de la sierra.

Tras la revuelta, el gobierno ordenó el envío de destacamentos de soldados y la construcción de pistas de aterrizaje — fue entonces cuando se construyó la primera "aterrizaje" en Granados. El obispo Navarrete continuó como prófugo hasta el verano de 1936, cuando la situación se alivió con la llegada de Ramón Yocupicio a la gubernatura de Sonora.

Los cristeros y los banqueros neoyorquinos

En su huida hacia la Sierra Madre, los cristeros tuvieron un encuentro inesperado...

Tras los trágicos sucesos en Granados los días 4 y 5 de octubre de 1935 y luego de su encontronazo con el ejército en las inmediaciones de Batuc y Suaquí, el grupo de cristeros granadeños comandados por el general Luis Ibarra Encinas emprendió una rápida huida hacia la Sierra Madre Occidental.

En un punto de la sierra, en las cercanías de Huachinera, los cristeros coincidieron el 15 de octubre con un grupo de "prominentes cazadores estadounidenses" bien avituallados con rifles modernos, que se habían adentrado en la sierra en búsqueda de osos y leones. Los cazadores no eran cualquier persona: el grupo incluía a J.H. Durrell, vicepresidente del National City Bank, y James Bruce, quien había sido presidente del Chase Bank.

Su encuentro inesperado con una guerrilla de rancheros católicos sonorenses en plena sierra acaparó titulares en la prensa estadounidense y motivó la movilización del Departamento de Estado de ese país. El embajador estadounidense en México telegrafió al Departamento de Estado el 15 de octubre de 1935 informando sobre el incidente.

El episodio es uno de los más curiosos de la historia de Granados: el momento en que los vecinos del pequeño pueblo serrano, en su huida por defender su libertad religiosa, protagonizaron un encuentro que llegó hasta los despachos de Wall Street y el Departamento de Estado de Washington.

El paso del misionero jesuita Manuel Piñan

El jesuita Piñan describió a Granados como "quizás el pueblo más religioso de Sonora"...

En marzo de 1900, el Obispo de Sonora encomendó al padre jesuita Manuel Piñan realizar una visita pastoral a los curatos de Moctezuma y Huásabas. Piñan, de 62 años y origen español, invirtió unos 50 días en el viaje que inició en Hermosillo el 27 de febrero, recorriendo varios pueblos a lomo de caballo a lo largo del Río Bavispe.

Al término de la visita escribió al Obispo un detallado informe titulado "Piedad y Poligamía a lo largo del Bavispe". Sobre Granados escribió: "Es quizás el pueblo más religioso de Sonora. Uno raramente escucha un apellido que no sea Barceló, Durazo o Moreno. En toda la Diócesis, es este el pueblo el que más número de sacerdotes ha provisto a la Santa Iglesia."

Describió el recibimiento: "La gente caminó desde Granados cuatro leguas para recibirme, todos ellos a caballo y encabezados por su sacerdote. Fui muy bien atendido. De lo que yo pude ver, no existe escasez de dinero. Todos ellos pagan el diezmo, una cosa rara en estos lugares, y sé que hacen esto en agradecimiento a Dios por sus beneficios, por libre voluntad."

Granados, siempre al amparo de San Isidro

San Isidro ya bendecía estas tierras antes de la fundación de Granados, previo a la llegada de sus fundadores en 1823...

San Isidro ya bendecía estas tierras antes de la fundación de Granados, previo a la llegada de sus fundadores en 1823. El terreno al pie de la Pirinola donde se asentó el pueblo había sido bautizado como San Isidro de Los Órganos — quizás decenas de años antes de la fundación.

Previo a la llegada de los fundadores, el terreno en ambas márgenes del Bavispe era explorado y habitado ocasionalmente por indígenas de la tribu Ópata. Fueron los jesuitas quienes introdujeron a San Isidro Labrador entre los Ópatas. El santo labrador, cuyo nombre era Isidro de Merlo y Quintana y que fue canonizado en 1622, era el patrono de los agricultores — elementos centrales en la forma en que estos indígenas concebían el mundo. San Isidro pasó a ser el santo más venerado entre los Ópatas.

Es así como San Isidro siempre ha estado presente en la vida de Granados. Decenas de sus residentes han sido bautizados como Isidro o Isidra. Doscientos años después de la fundación del pueblo, su nombre sigue resonando en el himno que cada 14 y 15 de mayo los granadeños entonamos con fervor en los campos.

Un granadeño en la tumba de San Isidro

Estar frente a los restos del patrón del pueblo — en el altar mayor del templo que sirviera de Catedral a Madrid — genera sentimientos que ningún granadeño puede ignorar...

Lope de Vega

"Esta es la famosa vega donde un labrador divino, nos muestra el santo camino que a la ciudad de Dios llega, y en cuya fértil labranza con larguísimo tributo, verá reponer el fruto a la fe y a la esperanza."

La imagen es muy diferente a todas las representaciones de San Isidro que se muestran o exhiben alrededor del mundo, incluyendo la que actualmente tenemos en Granados. Aquí, en el altar mayor del templo que sirviera de Catedral a Madrid y sobre las arcas que guardan sus restos y los de su esposa, San Isidro se muestra con la mirada al cielo y sus brazos abiertos en expresión de agradecimiento, erguido sobre una nube sostenida por dos ángeles.

Para un turista originario de Granados que visitó el lugar, el estar frente a los restos de San Isidro fue conmovedor. De una forma u otra, San Isidro está presente en la vida de cada residente del pueblo — es uno de los primeros personajes a los que se nos coloca como guía, y se nos enseña a respetar e incluso a venerar.

San Isidro murió a los 90 años, en 1172. Fue enterrado en el Cementerio de San Andrés, el más antiguo de Madrid. El cuerpo fue exhumado en 1212, encontrándolo "íntegro e incorrupto", y permaneció en la iglesia de San Andrés más de 500 años hasta 1769, cuando pasó a la Real Colegiata donde descansa desde entonces. El 12 de marzo de 1622, Isidro fue canonizado por el Papa Gregorio XV, junto con San Felipe Neri, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier.

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